FANNY MOISSEIEVA

Visión profética

Vendrá el día del juicio - tú, testimonio vivo -, mira de nuevo atentamente, recuerda todo. ¿Qué pasará en los días del Juicio Universal? El espíritu del mal apagará en los corazones humanos el último destello de la fe, colmará las mentes de inútiles vanidades y cambiará los sentimientos en piedras inanimadas. Los pueblos, disolutos, estarán descontentos de todo, no tendrán ya confianza uno del otro, no existirá ya verdadero amor y perecerán los que dirigen el mundo. ¡Levántate y mira!".
 
Y yo vi una gran ciudad en la que tenía lugar una gran batalla. Los hombres rompían todo, destruían y con odio feroz se mataban entre sí. De pronto, un terrible aullido rompió el aire y recorrió por el espacio, mientras un repentino, fortísimo terremoto sacudió la tierra. La gente se echó a las calles y el tumulto calló tanto como fuerte y terrible había sido antes; el trueno continuaba zumbando con siniestro presagio, el cielo se había oscurecido y uno a uno todos los ruidos se confundieron con el silbar del viento.
 
Los hombres miraban el cielo tempestuoso, silenciosos y inquietos, con el corazón présago de terribles desgracias, mientras el huracán destrozaba y transportaba por las calles sus trofeos.
 
Así había llegado la hora terrible, llenando de espanto a todas las almas, mientras el cielo se había vuelto sanguinoso y llameante por los rojos resplandores de los relámpagos. Después la purpúrea bóveda se oscureció. Negras nubes envolvieron todo y descendió sobre todo una sombra impenetrable. Las estrellas perdieron su luz. Todo estaba lleno de un misterioso espanto y de inquietud. No se oía el más mínimo soplo de viento, todo estaba inmóvil, sobre la tierra muda, como un gigantesco toldo, cayó la noche negra y el silencio era pavoroso.
 
Pero no pasó ni siquiera una hora y ya los hombres se habían habituado al amenazador aspecto de la naturaleza. Sobre la tierra reanudó la vida su ritmo apresurado: los restaurantes, los teatros y todos los otros lugares del jolgorio estaban llenos de una multitud frívola. En las bolsas se jugaba febrilmente y se creaban riquezas para perderlas una hora después. Los vicios más innobles, los placeres más perversos y más impíos alegraban la vida. Sólo en las catedrales severas, pensativas, pero desiertas, se cumplían los ritos.
 
Lanzada a la vana vorágine de las pasiones y de las preocupaciones, la gente olvidaba la salvación del alma; y mientras las calles estaban llenas de mil rumores, reinaba en los tiemplos un silencio solemne y piadoso.
 
De pronto un fuerte relámpago rompió nuevamente las tinieblas y todo el cielo, rodeado de mil llamas, se encendió otra vez. Ardieron las casas y en todas partes llamas altas surgían. Todo el mundo era un inmenso incendio, todo destruía el huracán y el viento con su torbellinos quemaba y dispersaba escombros y hombres como mezquinas plumas. La gente buscaba en vano salvación, rogando y suplicando temblorosa se lamentaban las selvas descuajadas. Y la enorme vorágine en su carrera arrancaba a las madres, locas de espanto, sus hijos y los levantaba en alto, entre las nubes...
 
Y yo vi cómo Cristo mismo conducía a aquellos niños al cielo y cómo ellos subían lentamente y lo alto sin que nadie los viese de la tierra; había niños de todo pueblo y toda raza y todos cantaban un himno de gloria al divino Cristo.
 
Después que Cristo subió, cayó sobre la tierra una lluvia de sangre; rios y mares se cubrieron de olas espumosas y chocaron contra los escollos las naves a las que no ce concedía ninguna salvación. Palacios y casas crujieron por todas partes y de los escombros salían voces y gritos que invocaban lastimosamente ayuda. Y del mar, como enemigos ansioso de estragos, llegaban las olas que rompían con el hervor de las aguas tumultuosas los diques y los puentes.
 
Toda la gente fue arrastrada por este huracán y reunida en un solo lugar, sobre los continentes reunidos, allí donde Dios debía descender del Cielo para el gran juicio. Pero el gran cataclismo no confundió a pueblos e idiomas; toda la gente conservó su sitio.

 

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